viernes, 26 de agosto de 2016

Intento fallido

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Durante una gran parte de mi adolescencia viví con dolor en el pecho.
Era un dolor soportable, pero bastante molesto. Mi mamá solía decir que se  me había caído la paletilla (aunque era un poco grande para eso), inclusive, me llevaba a que me curen y pasaba bastante vergüenza al respecto.
Hasta que un día, no me acuerdo quién ni cuándo fue, me dijo ‘es angustia’.
¿Angustia? Pensaba yo.
Sí, angustia.
No me hace falta el dolor en el pecho. Basta con que no tenga ganas de hacer nada desde hace ya unos cuantos meses.
Me basta con saber que la gente feliz me genera algo de envidia, y ya sé que es horrible.
Me basta con que me duela todo lo que hacés, más de lo que me contenta.
Me basta con verme buscando casa y pensar en las cortinas nuevas. Y hasta ser feliz con pensar en esa simpleza.
No me duele el pecho, pero creeme que es angustia. Esa angustia que te hace llorar aun en momentos en que de repente todos están felices.
Esta vez no me enfermé de la garganta, vaya a saber porqué. Me corté muchas veces el pelo.
Me duele todo. No solo el pecho. Mi vida me duele. El tiempo que pasé con vos.
Sí, por Dios cómo me duele el tiempo. Todas las ilusiones juntas que se desmoronan con el pasar de las horas y ver que ya ni siquiera pensás en mí.
QUE PASARON LOS AÑOS Y NADA CAMBIÓ PARA BIEN.
Que estamos lejos, lejos como cuando estás al lado y la distancia es palpable.
No puedo ser fuerte, no puedo seguir.
Hay algo en mí que no sana. Hay una distancia inapelable que no tengo manera de remontar, por más que intente hacerme creer que sí. Te juro que me miento todos los días y hasta me creo muchos otros, pero la verdad es la que pesa. Los días que vienen cargados de desilusiones constantes.
Los que son eternos.
Los que pienso nada más que en irme.
Como hoy.
Como ayer.
Como siempre.
Desde que no estás. Desde que me di cuenta de lo que significo (o no) para vos.
Lo que más duele es el tiempo, pero eso ya te lo dije.
Y quizá ahora me duele un poco el pecho.
Porque el kavorka se fue. Porque la mariposa no bastó.
Porque en algún momento de mi vida quiero ser algo para alguien.
Algo, ¿viste? No sé, alguien que no me tenga dudas. Que no me deje para después, para más adelante y ese mañana no llegue nunca. Porque en vez de mañana se llama miedo… o comodidad.
No. No quiero seguir llorando no ser nadie. No llegar a nada.
Que me pasen los años y seguir escuchando que soy para después.
No sé, ya no sé qué es exactamente después. ¿Ver como la vida de todos cambia y yo sigo esperando ser alguien para alguien? Sí, creo que eso es después.
Qué simpática.
Como si no fuera alguien ya.
¿Lo soy para vos? ¿Sí? ¿Entonces qué estás dispuesto a hacer? Sí, mañana. Ya sé.
Después.
Si querés podés seguir dejando pasar el tiempo.
Yo tengo cosas que hacer.

viernes, 1 de enero de 2016

She used to be mine

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Hace poco, en navidad para ser exacta, mi hermana –en un insoslayable trabajo fino, finísimo– me regaló ‘La casa de los espíritus’ de Isabel Allende.
Recordaba que lo amé. Que es una de las dos razones por las que, cuando algún día tenga una hija, se va a llamar Clara.
También me acordaba de Esteban Trueba y de Pedro.

Recordaba mucho, pero mucho menos de lo que yo podía imaginar.
Que puedo leer más de doscientas páginas en dos días… o menos. Que cuando me lo prestaron, allá en aquel tiempo en que solo tenía quince años, nada existía a mi alrededor cuando yo leía.
Era yo en mi mundo, ese mundo que Isabel Allende crea a través de sus libros. Inclusive, pensé que quizá, tal vez cuando fuese un poco más grande, yo podía ser un chiquitín de buena como ella.

Posterior a que mi hermana me regaló el libro recordé otra cosa más en el medio.

A mi mamá.

Tantas veces me defendió porque yo leía. Es triste, pero a veces cuando tenés cierta edad y no hacés lo que hacen los demás, te tienen que defender.
Ayer antes que ponerme a leer, preferí escuchar música. Algo que también es un mundo aparte para mí.
Jason Mraz, Damien Rice, Sara Bareilles. Como se usa ahora en la redes, puedo decir que ‘son todo lo que está bien en este mundo’.
Resulta que de Sara había bajado su último disco que me pareció una porquería. Lo borré, me parece. Ese mismo disco escuché en Spotify. Hice una lista, un pasatiempo que tengo desde Grooveshark, y la encontré.

Ya Spotify se encargará de decirme en un año cuántas veces la escuché, pero sé que muchas. Me recordaba a alguien a medida que la escuchaba, pensé que quizás a mí. Entonces busqué la traducción.
Se trataba de mí, en efecto. Así por lo menos decidí creerlo yo.

Y es cierto que pasaron muchos años y soy aunque sea un poco parecida a la que leía ‘La casa de los espíritus’ con la que lee el mismo libro ahora, con una casi ineludible diferencia:

No tengo quien me defienda por no ser eso que tenés que ser cuando tenés determinada edad. Esas cosas estúpidas que te impone el mundo que te rodea.

Pero llegué a una conclusión hace un par de años, o menos, no sé. Que no necesitás nadie que te defienda si vos creés que lo que estás haciendo está bien, aunque vaya lento, no arranque o parezca que no fuera a arrancar.
El tiempo siempre me ha ayudado a que los demás dejen de creer que están en lo cierto cuando en realidad están equivocados.
¿Y saben cómo se llama eso?

VOLUNTAD.

A veces duele, a veces parece que no termina más, a veces te sentís solo, cansado, pero con voluntad, mucha diría yo, SE PUEDE.
Y sí, la extraño, extraño que me defiendan. 
La veo en mis libros, en mi música, en mi mundo, y eso es lo importante. Que está acá.

Si soy honesta, sé que lo devolvería todo
por una oportunidad para comenzar de cero
y reescribir un final o dos…
Para la chica que conocí”.

Algo de eso dice la canción. Yo ya empecé a hacerlo.
Ustedes podrían hacerlo ahora que apenas empieza el año.

Buena suerte para ambos.


lunes, 13 de julio de 2015

Hoy es mejor

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Siempre hubo una buena canción que me traslade hasta aquí, al menos desde que no tengo la capacidad de agarrar una hoja en blanco y explotar en letras en ella. Hoy Birdy me acompaña. Traje las galletas que hice ayer y tomé el café acá en mi cama.

El día está nublado, más oscuro que de costumbre y siento que tengo ganas de caminar un poco; acordarme de cómo solía hacerlo. Acordarme de los helados que degusté sola imaginando la vida de la gente que pasaba frente a mí.

Solía imaginar sus trabajos. Me preguntaba si alguna vez les habrían demorado semanas en pagarles, si tendrían que enhebrar agujas, hacer cartapesta o bancarse gritos por unos cuantos pesos. Si tal vez estarían enamorados, si los llamarían seguido, si los invitarían al cine más a menudo. Si les calentarían la comida en sus casas cuando llegasen, si les preguntarían cómo les fue.

Me preguntaba si acaso les iba un poco mejor que a mí, que odiaba a mi jefe, a mi trabajo, que daba lo mismo si estaba en mi casa o si estaba en la oficina porque eran lugares en los que no me gustaba estar. Entonces caminaba bajo la lluvia, escuchaba Chantal Kreviazuk, Maria Mena o Sarah Mclachlan; iba por un helado o a mirar las vidrieras plagadas de eso que NO me podía comprar.
Me preguntaba si existía alguien que te quisiese seguido, bien y para siempre. Si yo podía complementar con alguien, así como los que miraba, alguna vez. Si yo tenía algo más para dar y que recibir, claro.

Hace poco también me preguntaba cómo sería mi mamá conmigo ahora que ya no estoy más en mi antigua casa. Si me traería comida, me visitaría seguido o si me haría limonada con miel cuando me enfermo. Cómo le caería mi novio. Si acaso se reiría con él abriendo tan grande la boca como ella solía hacerlo.

Hoy algunas de esas preguntas son muy distintas, pero sigo preguntando porque, si no lo hiciera, dejaría de ser yo, dejaría ese pedacito de mí que no olvida de dónde viene y hasta dónde llegó.

A veces simplemente quiero saber si son felices en sus trabajos, si les alcanza para comprarse cosas y pagar las cuentas, si pueden darse el lujo de ahorrar también.
Si tienen a alguien a quien mirar y derretirse de amor. Si tienen suerte de poder abrazarlo fuerte. De complacerse si sonríe y que el motivo sean ustedes.
De sentirse en casa cuando están en casa y que, al menos, unos cuantos dos se alegren de que estén ahí.

Hoy me pregunto cuántos pudieron acertar su destino, aunque sea un poquito como acerté yo.

Anoche tuve un sueño. Fue un tanto extraño porque estaba Heisenberg, un imputado lindo que tuve en una de mis causas (el único quizá), algún que otro ex dando vuelta y mi novio también. 

Mi novio no era mi novio y mi ex no era mi ex. Mi novio era alguien a quien recién conocía y mi ex, alguien que me gustaba. En un momento cuando estaba por subir a su auto (de mi ex), empezó a hacer tiros y a querer golpearse con uno y yo quedé, no sé, como ‘qué papelón’. Y me acordé que mi novio, que era ese chico apenas conocido, era la persona que en mi vida real es mi persona favorita. Entonces vino mi ex como a querer besarme, haciéndose el Superman después de ese episodio extraño, y yo sonreí, sonreí porque ya no tenía que besarlo ni pensar qué me deparaba si me enamoraba de él. Ya no tenía que esperar que ocurriesen las cosas para saber que el desconocido iba a ser la persona que más amo en el mundo. Sonreí porque mi ex otra vez era mi ex y ese sueño lúcido se estaba acabando sin que él lo supiese y yo podía despedirme de él en su cara, sin besarlo, sin decirle adiós, simplemente caminando en dirección contraria.

Y desperté con mi novio tosiendo a mi lado.
Y desperté en esta cama y en esta casa que es de los dos. Donde vivimos juntos. Donde nos esperamos. Donde ansiamos que el otro llegue.
Desperté deseando que los que quiero, los que realmente quiero, tengan la oportunidad de alcanzar lo que yo alcancé.

Una casa y un amor.

Un sueño lúcido y una mejor realidad.

Un mejor hoy.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Quiero

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Todavía me acuerdo las horas que podía pasar sentada leyendo, no importaba mucho dónde. Podía ser en la vereda, en la puerta de mi casa, en la cama, en la galería de la casa de mi abuela en el campo.

Creo que lo que más extraño de mi rutina de lectura es cómo de a poco el mundo se disipaba. Entonces pasaba a ser el libro y yo, pero antes que nada, la historia del libro y yo. Llegaba a sentirme amiga de los personajes, a tal punto de retarlos o alegrarme por ellos. Es más, cuando una historia me envolvía así, solía guardar el libro debajo de la almohada. Lo hacía para tenerlo a mano tanto cuando me acostara como cuando despertara.

Solía ser apasionada.

A veces trato de recordar qué despertó mi interés primero, si la lectura o la escritura. Pero por más que lo intento no puedo.
Incluso, en mis intentos fallidos por hacerlo, se viene a mi cabeza un recuerdo de mi madre. Cuando era chica, una pendeja me había encarado en la esquina para golpearme. Su motivo era algo así como que yo le había dicho “puta”, para sorpresa mía que nunca la había visto. La cosa empeoró cuando empezaron a salir de no sé dónde una banda cada vez más grande de chicos (mujeres incluidas) que, aparentemente, se sumarían a la golpiza. No me pregunten qué hice, creo que solo atiné a decir que juraba no conocerla.
No creo que eso haya servido, solo sé que no me golpearon. Mi madre entra en esto porque en aquella época solía tener un quiosquito en mi casa. ¡La pendeja tuvo el descaro de ir a comprar al otro día! Yo estaba en la pileta cuando escuché a mi mamá dándole un discurso a alguien. Las frases iban desde “ella no molesta a nadie, no sale nunca, lo máximo que hace es salir a dar una vuelta a la manzana o leer un libro en la vereda”, “que yo me entere que la seguís molestando, pendeja culo sucio” o cosas por el estilo. No había que ser adivino para imaginar que era ella.
Mi mamá solía ser apasionada también.

Cuando la perdí, al mismo tiempo me perdí un poco. Olvidé los libros, aunque por suerte seguí escribiendo. No sé si bien o mal, simplemente lo hice.

Y cuando ya no tuve más escapatoria que volver y encontrarme, empecé a estudiar. Lo acepto, de buena estudiante tuve muy poco, más bien siempre fui bastante mala. Cuando ingresé en la carrera, no despertaba mi mayor interés, pero estudiaba y tuve buenas notas; mis expectativas eran otras a decir verdad. Todo hasta este año en vísperas de los exámenes de julio. Saqué los apuntes y los dispuse en la mesa, creo que con la intención de estudiar. Digo creo porque pasaron las vacaciones e inclusive las mesas, y los apuntes quedaron ahí. No hice más que contemplarlos, hasta después llorar sobre ellos y correr parte de la tinta.

Fue hasta que lo pude decir en voz alta. Fue hasta que finalmente decidí secar mis lágrimas. Entonces lo dije: no quería seguir.

Hay algo en mí que jamás pude recuperar: la pasión por lo que me gustaba, así como mi mamá me describía. Empecé a hacer todo por simple mandato o hasta por inercia, pero no por gusto. Lo peor es que no puedo ni siquiera rescatar lo que sentía por eso que antes me podía sumergir en un mundo aparte.

Con mucha tristeza decidí no seguir. No dejar, le tengo miedo a esa palabra, es más, creo que ni siquiera puedo pronunciarla. No dejé, solo no seguí.

Hoy todavía lloro, todavía me falta recuperar el entusiasmo por lo que me apasiona. Solo sé que tengo un libro que me regalaron para mi cumpleaños y está haciendo que me acuerde de ciertas cosas. Sobre todo cuando veo la hora y me entero que la tarde pasó volando, que vuelvo a estar inserta en mi propio mundo.

Estoy volviendo de a poco a ser quien fui, aunque no tenga a mi mamá que me defienda, que me describa. O para decirme qué hacer o para tenerla nada más.
Yo solo quiero seguir escuchando lo que ella decía de mí o lo que ella creía que era…


Para poder ser eso para ella.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Miedo

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Paso mucho tiempo leyendo entradas anteriores de hace un par de años atrás. A veces elijo las que me sorprenden, las que me mueven recuerdos por dentro y las comparto por otras redes. Facebook a decir verdad, porque creo que la mayoría de nosotros está ahí ahora, ¿no?

A veces me da miedo no poder volver a escribir así. No volver a tener los sentimientos que antes me hacían trepar renglones y renglones sin perder jamás la inspiración.

A veces siento que cambié tanto que queda tan poco de lo que antes era, olvidando los rasgos que más me destacaban, como la pasión por escribir.
Y siento pena...

Hoy vi muchas películas. Películas que me recordaron cómo me fijo en los guiones, en las frases que más resaltan... y recordé que lo hago porque es lo que yo amo hacer.
Amar algo se trata un poco de eso. De ver un pedacito en cada parte, no importa dónde, no importa si importa o no. Está ahí, es algo de lo que no te podés desprender.
Mientras lees un libro, mientras extendés el repasador en el horno o acariciás a tu perra.

Ver tantas películas me hicieron dar cuenta de que tengo algo de miedo.
Miedo de haber olvidado por completo quién fui o de no estar segura de quién soy.
Pero eso no me importa tanto.
Lo más importante fue darme cuenta del miedo que tengo de volver a sufrir. De sentir que de a poco soy olvidada, así como yo misma me olvidé de mí.
Porque yo me acordé de muchas cosas que tenía pendientes y me metí a hacer todas, una por una, sin descanso alguno. Tanto así que me despedí por completo de quien fui.

Entonces cuando pienso que una partecita de mi nueva vida va a cambiar otra vez, se me corta la respiración. Como si no tuviera las fuerzas para vivir más cambios.
Pensar en que otra vez voy a tener una mañana en otra cama, mirando otro techo y otro ventanal.
Y que esta vez no va a ser el comienzo de una independencia total, sino de una pequeña dependencia (no sé cómo llamarlo). Un nuevo comenzar.

Despertares tropezando zapatillas ajenas y a tu derecha alguien que te pide que apagues la luz.
Lo admito, un poco ya lo viví.
Pero tengo miedo del...

Tengo un poco de miedo de todo, de que nos olvidemos porqué llegamos hasta aquí y cuál fue nuestro comienzo.
Que seamos tan distintos hoy a cuando empezamos que no sepamos bien qué estamos haciendo.

Y sobre todas las cosas... que no recordemos que todo lo que hasta hoy conseguimos, lo hicimos porque nos queremos.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Old

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Mi cabeza quedó pegada al piso tantas veces,
todo a causa de la exposición emocional que me caracterizaba antes,
que terminé volviéndome fóbica a la evidencia.
Por tanto estar y volver siempre, simplemente, no me esperan.
Por tanto imaginar como sería "él", no es ni la mitad de lo que imaginé.

Y estás vos.

Lo sos.
No importa si no sos lo que imaginé.
Por vos me arriesgo a ser de nuevo lo que dejé de ser.
Mi paranoia se vuelve indulgente.

No sos lo que siempre soñé,
no estás cuando quiero que estés,
porque TE QUIERO SIEMPRE.
Porque tu ausencia me quita el sueño.
Porque tu presencia me hace feliz.
Porque solo cuando digo que te amo estoy segura,
a pesar de mis miedos, de mis dudas y culpas.
Porque me vuelvo real.
Me siento completa porque me complementás.

Me ataste a lo que siento por vos Y NO A VOS haciendo más difícil desprenderse.

Y no alcanzan las palabras.
La evidencia la tengo a flor de piel.
Si estás mal, yo estoy muriendo.

Te amo.
El corazón me quedó chico.

Sabelo.

viernes, 12 de julio de 2013

Ayer no es hoy

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Ayer me quedé hasta muy tarde, cosa que hace mucho no hago. Leí, lloré, vi, lloré igual.

Me quedé largo tiempo viendo Felicity, cuando elige a Ben, cuando se corta el pelo, cuando empieza de cero.
Leí mails viejísimos, me encontré con historias pasadas, amigos pasados, mi actual historia desde el comienzo.

Me encontré conmigo en cada momento que pasó, lo que sentí por allá y lo que hoy causa en mí lo que alguna vez pasé.

Puse música, cerré los ojos, me aferré a la almohada y reviví una y mil veces las historias que hoy me hacen ser quien soy.
Fue raro, fue mágico, fue un poco de ayer que no es hoy...

Me acordé de este lugar, de tantos que hoy ya no pasan por aquí, ni por sus propios lugares.
En los mails que alguna vez me escribí con alguno, hablan de alguien que, lamentablemente (o no), ya NO SOY... ni quiero volver a ser; pero aún así los extraño.

Extraño querer contarles todo, hacerlos reír, hacerlos parte de mi vida. Lo que alguna vez tuvimos...

Supongo que mi vida ya no es tan divertida o perdí esa capacidad para hacer de cada episodio una historia que contar. Sí, supongo que es eso último, porque sigo recordando a la mujer que me dijo "están esperando que me vuelvan a matar" y sigo creyendo que no hay remate.

Solo quería pasar a decirles que se me dieron muchas cosas, todo lo que me propuse, quizás.
Que aquella nena que a los 12 planeó marcharse, lo hizo y ahora tiene un HOGAR.
Que me enamoré perdidamente Y ME SIGUE DURANDO.
Que tengo un trabajo grosso, que me fue muy difícil, pero con empeño hoy subí un escalón más. A tal punto de poder dirigir una investigación. Y es WEIRD!

Que no importa que ayer no sea hoy.

HOY ES MEJOR QUE AYER.

(y creo que me incluye).